El término ultracrepidarianismo proviene de una antigua anécdota atribuida al pintor griego Apeles, quien recibió la crítica de un zapatero sobre un detalle de sus cuadros. Cuando el zapatero quiso opinar más allá de su oficio, Apeles le respondió: “Ne supra crepidam sutor iudicaret” (“Que el zapatero no opine más allá de la sandalia”). Desde entonces, el concepto se usa para describir la tendencia de hablar o emitir juicios sobre temas de los que no se tiene conocimiento suficiente.
Este fenómeno ha encontrado un terreno fértil en las redes sociales. Plataformas como Facebook o TikTok permiten que cualquier persona comparta opiniones sobre política, ciencia, salud o economía, sin importar su nivel de formación en esos campos. La inmediatez y la viralidad amplifican mensajes que, aunque carentes de rigor, pueden alcanzar a miles de usuarios en cuestión de minutos.
Una de las consecuencias del ultracrepidarianismo en redes sociales es la propagación de desinformación. Cuando personas opinan sobre temas complejos sin fundamentos, generan confusión y contribuyen a la circulación de datos erróneos. Esto se vuelve peligroso en temas de salud pública, procesos electorales, crisis económica o ambientales, donde la información precisa es vital.
Otra consecuencia es la polarización. Opiniones superficiales o mal informadas pueden alimentar debates cargados de emociones, pero vacíos de argumentos sólidos. En lugar de fomentar el diálogo constructivo, se generan enfrentamientos que dividen a la sociedad y debilitan la confianza en las instituciones.
Por otro lado, el ultracrepidarianismo no debe entenderse solo como un problema individual, también refleja la falta de educación crítica y de alfabetización mediática en nuestras comunidades. Por eso es necesario apuntar a una ciudadanía crítica, lo que implica aprender a distinguir entre opinión y conocimiento, y a valorar la evidencia antes de compartir información.
Combatir este fenómeno requiere promover la responsabilidad comunicacional. Antes de opinar o difundir un mensaje, es necesario preguntarse: ¿tengo información suficiente?, ¿la fuente es confiable?, ¿mi aporte ayuda a comprender mejor el tema? Estas prácticas fortalecen la calidad del debate público y reducen el impacto de la desinformación.
Reconocer los límites de nuestro conocimiento no significa callar, sino aprender a escuchar, investigar y dialogar con respeto. Así las redes sociales pueden convertirse en espacios de intercambio enriquecedor y no en escenarios de confusión y división.