Hablar de violencia suele llevarnos a pensar en guerras o agresiones físicas, pero Johan Galtung nos recuerda que existen formas más silenciosas y persistentes. La violencia no siempre se ve, pero se siente en las estructuras sociales que generan pobreza, desigualdad y exclusión. Es lo que él llama violencia estructural: un daño que se normaliza y que limita las oportunidades de vida digna para millones de personas.
También existe la violencia cultural, aquella que se esconde en discursos, símbolos y tradiciones que justifican la discriminación o la desigualdad. Cuando aceptamos como “natural” que ciertos grupos tengan menos derechos, estamos reproduciendo una forma de violencia que perpetúa el círculo del daño. En este sentido, la comunicación puede ser un arma de liberación o de opresión.
Hoy, pensar en democracia y ciudadanía exige reconocer estas violencias invisibles. No basta con elecciones libres si las estructuras sociales siguen oprimiendo y las narrativas culturales legitiman la exclusión. La verdadera convivencia pacífica requiere desmontar esos mecanismos y construir relatos que incluyan a todas las voces.
Es necesario visibilizar lo oculto, cuestionar lo normalizado y abrir espacios de diálogo que conduzcan a una paz sostenible. Porque la violencia no solo se combate con ausencia de guerra, sino con presencia de justicia.