El poder no se ejerce únicamente a través de leyes, instituciones o recursos materiales. Una de sus formas más decisivas es la comunicación. Quien controla los mensajes, los canales y las narrativas tiene la capacidad de influir en percepciones, orientar decisiones y moldear la realidad social. Harold Lasswell, pionero en el estudio de la comunicación política, lo expresó con claridad cuando menciona que entender el poder implica analizar quién dice qué, por qué canal, a quién y con qué efecto.
La comunicación es el puente entre las estructuras de poder y la ciudadanía. A través de discursos, medios de comunicación y plataformas digitales, se construyen consensos, se legitiman políticas y se generan resistencias. En este sentido, el poder comunicativo no es neutral, puede ser usado para fortalecer la democracia y la participación, o para manipular y silenciar voces. La diferencia está en la transparencia, la pluralidad y la capacidad crítica de quienes reciben los mensajes.
En nuestra sociedad, el ejercicio del poder mediante la comunicación se manifiesta en múltiples niveles. Los gobiernos utilizan campañas y discursos para legitimar sus acciones; las empresas construyen marcas que influyen en hábitos de consumo; los movimientos sociales generan narrativas que cuestionan el orden establecido. Cada actor compite por instalar su versión de la realidad en la esfera pública. El resultado es un campo de disputa simbólica donde la ciudadanía debe aprender a distinguir entre información, opinión y propaganda.
La comunicación estratégica, cuando se orienta hacia el bien común, puede convertirse en una herramienta de empoderamiento ciudadano. Por el contrario, cuando la comunicación se reduce a manipulación, el poder se vuelve opaco y la confianza social se erosiona.
El ejercicio del poder mediante la comunicación debe ser objeto de vigilancia crítica y de innovación ciudadana.